20
Feb
Queríamos irnos con Kurt Cobain.

Esa tarde de otoño, en 1994, no pude recuperar la concentración. Estaba a cargo del departamento de prensa de una radio, mi primer trabajo importante, con un sueldo decente. En esos años, uno se suscribía a los cables de agencias de noticias y estos se imprimían. Así supe. Primero se informó que el cadáver encontrado era de uno de los miembros del “afamado grupo grunge norteamericano Nirvana”. Los que seguíamos de cerca la música de Cobain, supongo que no tuvimos que saber más para saberlo todo.
La pregunta siguiente era cómo lo había hecho. Y la respuesta fue más de lo esperable. Brutal, lapidaria, clarísima. Un disparo de escopeta en la boca. Casi un macabro gesto poético, un intento por clausurar esa cabeza llena de demonios, destruyéndola por la lengua, ese artefacto feroz que tanta verdad urgente, oscura, había dicho.
Kurt Cobain nos obligó, a toda una generación, de la peor manera, a pensar en los límites del libre albedrío. Con un mensaje atroz, nos hizo tomar conciencia de los límites entre el arte y la vida. Después de Cobain, el rock se llenó de un morbo sombrío. No fue el primero, ni el último, pero su acto final grabó una marca indeleble, como una epifanía indeseable, en los seguidores de la música rock: Esto no existe, si no quieres.
Por mucho tiempo, no volví a escuchar otra vez un disco completo de Nirvana. Nunca volví a ver un recital en video. De no escuchar nada más que Cobain, pasé a (intentar) olvidar esas canciones, esa cara, ese rictus angustiado, esa guitarra sostenida como un arma arrasadora, esa mullida cama de ruido crujiente. Era necesario. Ya no me quedaba tan claro que el efecto terapéutico, catártico de la música de Nirvana, me hiciera bien. Esa decisión me duró mucho tiempo.
Hace pocos meses, hablando de rock en la sobremesa, me enteré que a mi hijo de 11 años le gustaba Nirvana. Yo, el iconoclasta, el liberal sin freno, el evangelizador del rock, tuve miedo. Y me topé frente a frente con el lado duro de la adultez. Esa encrucijada extraña donde lo que hiciste, lo que amaste, lo que seguiste, no puede ser traspasado a tus descendiente sin incluir la sabiduría que otorga el ensayo y error. Si fuera por mi, no querría que mis hijos escucharan a Nirvana. Mi lado de especialista en rock sabe que es indispensable para entender la evolución del género. Que allí terminó el período clásico y empezó el revisionismo. Que nunca más hubo una banda que hiciera avanzar la música como hizo Nirvana. Pero mi sentido paternal quería proteger a sus cachorros del dolor, la angustia, la oscuridad. Del pensamiento fugaz, la sensación, la duda, que muchos tuvimos, de si realmente valía la pena seguir adelante. Hubo muchos que quisimos irnos con Cobain. Por un segundo. Un día. Un año. Por siempre. Y afortunadamente, pasamos la frontera. Y estamos aquí. Para contarlo. Y doy gracias, a lo que sea, por eso.